Dejémoslo correr...hay eventos que por arte de magia transportan a una frase leída mucho tiempo atrás y te lleva a repetir la lectura y recuerdas cuanto te gustó ese cuento olvidado, hoy desempolvado.
Yo soy Gimpel
el Tonto. No me creo tonto: todo lo
contrario. Pero es lo que la gente me llama. Me pusieron el nombre cuando
todavía estaba en la escuela. Tuve siete nombres en total: imbecil, borrico,
alcornoque, mendrugo, badulaque, pelele y tonto. El último fue el que quedó.
¿En qué consiste mi tontería? Yo era fácil de engañar. Decían «Gimpel, ¿sabes
que la mujer del rabino está de parto» Y yo faltaba a la escuela. Bueno, pues
resultaba que era mentira. ¿Cómo iba yo a saberlo? No se le había hinchado la
barriga. Pero yo nunca la miraba a la barriga. ¿De verdad era tan tonto por
eso? Los chicos se echaban a reír, saltaban, bailaban y cantaban una oración de
buenas noches. Y, en vez de las uvas que dan cuando una mujer está de parto, me
llenaban las manos de excrementos de cabra. Yo no era ningún alfeñique. Si le
pegara a alguien le haría ver las estrellas. Pero soy pacífico por naturaleza. Pienso
para mis adentros: «Dejémoslo correr.»
Y así se aprovechan de mí.
Fui al rabino para pedirle consejo.
Me dijo:
—Está escrito que es mejor ser tonto durante todos
los días de tu vida que malo una sola hora. Tú no eres tonto. Son ellos los tontos. Pues el que
hace sentir vergüenza a su prójimo pierde para sí el Paraíso.
Sin embargo, la hija del rabino me
engañó. Al salir de la casa, me dijo:
—¿No has besado todavía la pared?
—No. ¿Por qué? —respondí.
—Es la ley —me dijo ella—- Tienes
que hacerlo después de cada visita.
Bueno, no parecía haber ningún daño
en ello. Y ella soltó la carcajada. Era una buena broma. Me hizo caer por
completo.
¡Y sus
oraciones! Estaban llenas de tinieblas y de azufre, y, sin embargo, se hallaban
en cierto modo llenas también de encanto. Ella, sin embargo, me inflingía
crueles heridas.
¿De qué sirve
no creer?
«Seguid,
seguid con vuestra boba charla. La verdad ha salido a la superficie, como el
aceite sobre el agua. Maimónides dice que está bien y, por lo tanto, ¡está
bien!»
Vagabundeé por el país, y las buenas
gentes no me abandonaron. Al cabo de muchos años envejecí y mis cabellos se
tornaron blancos; oí muchas cosas, muchas mentiras y falsedades, pero cuanto
más vivía más claramente comprendía que no existen realmente mentiras. Lo que
no sucede realmente se sueña de noche. Le sucede a uno si no le sucede a otro,
mañana si no hoy, o dentro de un siglo, si no es el año que viene. ¿Qué
diferencia puede haber? A menudo, oía cosas de las que decía: «Bueno, eso es
algo que no puede suceder.» Pero antes de que hubiera pasado un año resultaba
que había ocurrido realmente en alguna parte.
Pasa lo mismo con los sueños. Hace
muchos años que me marché de Frampol, pero tan pronto como cierro los ojos
estoy allí de nuevo. ¿Y a quién creéis que veo? A Elka. Está de pie junto a la
artesa, como en nuestro primer encuentro, pero su rostro resplandece y sus ojos
son tan radiantes como los ojos de un santo, y me dice cosas extrañas en algún
idioma desconocido. Cuando despierto lo he olvidado todo. Pero mientras el
sueño dura me siento confortado. Ella responde a todas mis preguntas, y lo que
resulta es que todo está bien. Yo lloro y suplico «Déjame estar contigo.» Y
ella me consuela y me dice que tenga paciencia. La hora está cada vez más
próxima. A veces, me acaricia y me besa y llora sobre mi rostro. Cuando
despierto, siento el sabor de sus labios y fusto la sal de sus lágrimas.
No hay duda
de que el mundo es por completo un mundo imaginario, pero solamente una vez es
arrancado del verdadero mundo. A la puerta de la choza en que me hallo tendido
está el madero en que son llevados los muertos. El sepulturero judío tiene
lista su azada. La tumba espera, y los gusanos se hallan hambrientos; están
preparadas las mortajas, las llevo en mi zurró de mendigo. Otro shnorrer está aguardando para heredar mi
lecho de paja. Cuando llegue la hora marcharé alegremente. Cualquier cosa que
sea lo que allí haya, será algo real, sin complicación, sin ridículo, sin
decepción. Alabado sea Dios: allí ni siquiera Gimpel puede ser engañado.
Gimpel el
Tonto" Isaac Bashevis Singer