sábado, 6 de octubre de 2007


Fernando Pessoa


Si yo muriera joven,

sin poder publicar libro alguno,

sin ver la cara que tienen mis versos en letra impresa,

pido que, si se quisiesen molestar por mi causa,no se molesten.


Si así ocurrió, así es verdad.


Aunque mis versos nunca sean impresos

tendrán su propia belleza, si fueran bellos.


Pero no pueden ser bellos y quedar por imprimir,

porque las raíces pueden estar bajo la tierra

pero las flores florecen al aire libre y a la vista.


Tiene que ser así por fuerza.


Nada puede impedirlo.


Si yo muriera muy joven,

oigan esto:nunca fui sino una criatura que jugaba.


Fui gentil como el sol y el agua,de una religión universal que sólo los hombres no conocen.


Fui feliz porque no pedí ninguna cosa,ni procuré hallar nada,

ni hallé que hubiese más explicación

que la de que la palabra explicación no tiene ningún sentido.


No deseé sino estar al sol o a la lluvia,al sol cuando había sol

y a la lluvia cuando estaba lloviendo(y nunca la otra cosa).


Sentir calor y frío y viento,

y no ir más lejos.


Una vez amé, pensé que me amarían,

pero no fui amado.

Pero no fui amado por la única gran razón:porque no tenía que ser.


Me consolé volviendo al sol y a la lluvia,

y sentándome otra vez en la puerta de casa.


Los campos, al fin, no son tan verdes para los que son amados

como para los que no lo son.


Sentir es estar distraído.

LAS CAUSAS... JORGE LUIS BORGES

Los ponientes y las generaciones.
Los días y ninguno fue primero.
La frescura del agua en la garganta de Adán.
El ordenado Paraíso.
El ojo descifrando la tiniebla.
El amor de los lobos en el alba.
La palabra. El hexámetro. El espejo.
La torre de Babel y la soberbia.
La luna que miraban los caldeos.
Las arenas innúmeras del Ganges.
Chuang-Tzu y la mariposa que lo sueña.
Las manzanas de oro de las islas.
Los pasos del errante laberinto.
El infinito lienzo de Penélope.
El tiempo circular de los estoicos.
La moneda en la boca del que ha muerto.
El peso de la espada en la balanza.
Cada gota de agua en la clepsidra.
Las águilas, las fotos, las legiones.
Cesar en la mañana de Farsalia.
La sombra de las cruces en la tierra.
El ajedrez y el álgebra del Persa.
Los rastros de las largas migraciones.
La brújula incesante. El mar abierto.
El eco del reloj en la memoria.
El rey ajusticiado por el hacha.
El polvo incalculable que fue ejércitos.
La voz del ruiseñor en Dinamarca.
La escrupulosa línea del calígrafo.
El rostro del suicida en el espejo.
El naipe del Tahúr. El oro ávido.
La forma de las nubes en el desierto.
Cada arabesco del caleidoscopio.
Cada remordimiento y cada lágrima.

Se precisaron todas esas cosas
para que nuestras manos se encontraran.

...