jueves, 17 de abril de 2008


Sueño que soy la muerte de Orfeo



Camino rápidamente a través de las estrías de luz y sombra
que arroja una arcada

Soy una mujer en la plenitud de la vida, con ciertos poderes
y estos poderes limitados severamente
por autoridades a las que pocas veces veo el rostro.
Soy una mujer en la plenitud de la vida
que conduce a su poeta muerto en un Rolls-Royce negro
por un paisaje de crepúsculo y espinas.

Una mujer con una cierta misión
que la dejará intacta si se obedece al pie de la letra.
Una mujer con los nervios de una pantera
una mujer con contactos entre los Ángeles del Infierno
una mujer que siente la grandeza de sus poderes
cn el preciso momento en que no debe usarlos
una mujer comprometida con la lucidez
que ve, a través de la confusión, los fuegos humeantes
de estas calles subterráneas
a su poeta muerto aprendiendo a caminar hacia atrás, contra el viento,
por el lado equivocado del espejo



Adrienne Rich

Acerca del vivir
.
.
.
El vivir no admite bromas.
Has de vivir con toda seriedad,
como una ardilla, por ejemplo;
es decir, sin esperar nada fuera y más allá del vivir;
es decir, toda tu tarea se resume en una palabra:
Vivir.
Has de tomar en serio el vivir.
Es decir, hasta tal punto y de tal manera
que aun teniendo los brazos atados a la espalda,
y la espalda pegada al paredón,
o bien llevando grandes gafas
y luciendo bata blanca en un laboratorio,
has de saber morir por los hombres.
Y además por hombres que quizás nunca viste,
y además sin que nadie te obligue a hacerlo,
y además sabiendo que la cosa más real y bella es
Vivir.
Es decir:
has de tomar tan en serio el vivir
que a los setenta años, por ejemplo,
si fuera necesario plantarías olivos
sin pensar que algún día serían para tus hijos;
debes hacerlo, amigo, debes hacerlo,
no porque, aunque la temas, no creas en la muerte,
sino porque vivir es tu tarea.

Sucede, por ejemplo,
que estamos muy enfermos;
que hemos de soportar una difícil operación;
que cabe la posibilidad
de que no volvamos a levantarnos de la blanca mesa.
Aunque sea imposible no sentir
la tristeza de partir antes de tiempo,
seguiremos riendo con el último chiste,
mirando por la ventana para ver
si el tiempo sigue lluvioso,
esperando con impaciencia
las últimas noticias de prensa.
Sucede, por ejemplo, que estamos en el frente,
por algo, por ejemplo, que vale la pena que se luche.
Nada más comenzar el ataque, al primer movimiento,
puede caerse cara a tierra, y morir.
Todo esto hemos de aceptarlo con singular valor,
y a pesar de todo, preocuparnos apasionadamente
por esa guerra que puede durar años y años.
Sucede
que estamos en la cárcel.
Sucede
que nos acercamos
a los cincuenta años,
y que falten dieciocho más
para ver abrirse las puertas de hierro.
Sin embargo, hemos de seguir viviendo con los de fuera,
con los hombres, los animales, los conflictos y los vientos,
es decir, con todo el mundo exterior que se halla
tras el muro de nuestros sufrimientos;
es decir: estemos donde estemos
hemos de vivir
como si nunca hubiésemos de morir.

Se enfriará este mundo,
una estrella entre las estrellas;
por otra parte una de las más pequeñas del universo,
es decir, una gota brillante en el terciopelo azul,
es decir, este inmenso mundo nuestro.
Se enfriará este mundo un día,
algún día se deslizará
en la ciega tiniebla del infinito
-no como una bola de nieve,
no como una nube muerta-,
como una nuez vacía.
Desde ahora mismo se ha de sufrir por todo esto,
ha de sentirse su tristeza desde ahora,
tanto ha de amarse el mundo en todo instante,
se le ha de amar tan conscientemente que se pueda decir: "He vivido".



Nazim Hikmet

Un bolero es mi máxima velocidad sin que dé negativo mi corazón. Además, muchacho, no conozco otra manera más elegante de tomar rehenes. No hay preguntas. Tomas a una mujer en tus brazos, muchacho, y no tienes que justificarte. El bolero es una coartada. Os vais al centro de la pista, donde suena más fuerte el sofrito de los pies que bailan, amigo mío, y entonces le haces sitio a su cuerpo en el tuyo. Nunca te habías sentido así. Un bolero es el sitio en el que mejor te sientes desde hace años. Y ella ladea la cabeza en tu hombro y el olor de su pelo perdona tu pasado. Y comprendes que un bolero es la manera de apagar la sed con esa melena río abajo de la mujer cuya respiración redunda en la tuya. Te confieso, amigo mío, que un bolero fue la primera vez que mi corazón fue una lengua. «Haces que me sienta en casa», le dije. Y ella me contestó en el cuerpo apretando sus puños contra mi pecho. ¡Dios!, te juro, muchacho, que era la primera vez que me encontraban el corazón sin un radar. Y aquella mujer y yo deambulamos suavemente al tacto hacia el sitio donde la luz era una aguada y entonces, ¡Dios!, ¿sabes, maldita sea?, entonces nos encontramos en nuestras bocas el inolvidable contrabando de un beso. Y le dije: «Cogerás frío si cesa el bolero». Y dijo ella: «Soy una mujer entre corrientes». Y un latigazo de su melena nos devolvió donde la luz casi era leña ardiendo y nuestros pies se mezclaron con los pies de la otra gente mientras a nuestra espalda se cerraba suavemente la estela de nuestros pobres corazones aturdidos de angustia y esa vaga esperanza que inunda a las personas solitarias que se conforman con haber vivido unos pocos minutos en los brazos de alguien que llevaba tiempo deshabitado y que también necesitaba de una pareja en cuyo cuerpo resbalar aprovechando la dulce mucosa de un bolero.

José Luis Alvite

viernes, 11 de abril de 2008



Fuera de ley,

mi corazón

a saltos va en su desazón.

Ya muerde acá,

sucumbe allí,

cazando allá,

cazando aquí.

Donde lo intente yo dejar

mi corazón no se ha de estar.

Donde lo deba yo poner

mi corazón no ha de querer.

Cuando le diga yo que sí,

dirá que no, contrario a mí.

Bravo león,

mi corazón

tiene apetitos, no razón.


Alfonsina Storni

domingo, 23 de marzo de 2008


Esa mujer se parecía a la palabra nunca,

desde la nuca le subía un encanto particular

una especie de olvido donde guardar los ojos,

esa mujer se me instalaba en el costado izquierdo.

Atención atención yo gritaba atención

pero ella invadía como el amor, como la noche,

las últimas señales que hice para el otoño

se acostaron tranquilas bajo el oleaje de sus manos.

Dentro de mí estallaron ruidos secos,

caían a pedazos la furia, la tristeza,

la señora llovía dulcemente

sobre mis huesos parados en la soledad.

Cuando se fue yo tiritaba como un condenado,

con un cuchillo brusco me maté,

voy a pasar toda la muerte tendido con su nombre,

él moverá mi boca por la última vez.

Juan Gelman

El encuentro erótico comienza con la visión del cuerpo deseado. Vestido o desnudo, el cuerpo es una presencia: una forma que, por un instante, es todas las formas del mundo. Apenas abrazamos esa forma, dejamos de percibirla como presencia y la asimos como una materia concreta, palpable, que cabe en nuestros brazos y que, no obstante, es ilimitada. Al abrazar a la presencia, dejamos de verla y ella misma deja de ser presencia. Dispersión del cuerpo deseado: vemos sólo unos ojos que nos miran, una garganta iluminada por la luz de una lámpara y pronto vuelta a la noche, el brillo de un muslo, la sombra que desciende del ombligo al sexo. Cada uno de estos fragmentos ve por sí solo pero alude a la totalidad del cuerpo. Ese cuerpo que, de pronto, se ha vuelto infinito.


Octavio paz. La llama doble

“Y sentí intensamente el paso del tiempo. No el tiempo de las nubes y del sol y de la lluvia ni del paso de las estrellas adorno de la noche, no el tiempo de las primaveras dentro del tiempo de las primaveras, no el tiempo de los otoños dentro del tiempo de lo otoños, no el que pone las hojas a las ramas o el que las arranca, no el que riza y desriza y colorea las flores, sino el tiempo dentro de mí, el tiempo que no se ve y nos va amasando. El que rueda y rueda dentro del corazón y le hace rodar con él y nos va cambiando por dentro y por fuera y poco a poco nos va haciendo tal y como seremos el último día.”

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